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María Teresa lleva un monte de flores de verano impreso en su historia. Es el lugar que su padre Reynaldo les destinaba a las abejas gran parte del año. “Recuerdo esas colmenas preparadas y las abejas sanas y cuidadas, hermosas”,  cuenta ella con una voz endulzada por el cariño y el respeto a quien le inculcó la pasión por la apicultura.

Había muchas formas de hacer la tarea, en ninguna se podía esquivar el sacrificio, pero Reynaldo (Pilín, como lo llamábamos) le sumaba esmero, dedicación y mucha observación: el mundo de las abejas era su mundo. Entendía que el bienestar de ellas y el entorno donde se encontraban aportarían, al final del proceso, la miel más exquisita. Trabajó incondicionalmente por ese bienestar y ellas resultaron ser el bienestar de su familia. El círculo de la vida que hoy nos acerca María Teresa y que Reynaldo siempre agradecía.

María Teresa representa el legado de su padre Reynaldo en el campo; al igual que muchísimos alumnos que se formaron como apicultores con él. Es el palpitar de las nuevas generaciones que renuevan el compromiso con el desarrollo de la mejor miel.

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