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Las manos de Eli nos cuentan muchas cosas: hablan de fuerza y energía, de delicadeza y precisión. Y de amor, mucho amor.

El 3 de marzo de 1992 comenzó a escribir su historia en Aleluya. Tenía 19 años y un desafío: etiquetar 60 frascos por hora. Allí comenzaría un recorrido que Eli tiene muy presente, igual que su deseo de aprender y superarse; ello le dio las herramientas para avanzar y desplegar su potencial, en lo laboral y también como mamá.

La miel llegó a su vida para mostrarle todo lo que era capaz de ser y hacer. Mientras el trabajo sumaba nuevas responsabilidades, Eli pudo finalizar sus estudios secundarios; luego llegaría la crianza y educación de sus hijos. Ellos son su orgullo, y también la miel. “Cuando veo el producto en la góndola me digo ‹Yo trabajo ahí, yo hice ese producto›”, nos cuenta Eli con el sentimiento pleno que da alcanzar una meta, una muy grande.

El destino puso un obstáculo en su camino, obstáculo que ella convirtió en el camino mismo: una enfermedad difícil. Eli, que sabe de dificultades, le dio batalla y lo hizo trabajando. “Tenía licencia para cumplir el tratamiento desde casa pero me sentía bien y le pedí al doctor volver a la fábrica; gracias a Dios pude hacerlo.”

Hoy sigue adelante y nada menos que como encargada de Elaboración de nuestra planta a la que define como su HOGAR, el mejor halago que hayamos recibido. Su crecimiento ha sido el nuestro.

Elizabeth, Eli para nosotros, es la colaboradora de mayor antigüedad en Aleluya.