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Emilio nació, se crió y vive en el campo. Se siente afortunado por su vida entre colmenas. “De muy chico descubrí las abejas, su miel ¡y también las picaduras! Con mi hermano nos subíamos a una tarima para ayudar a mi padre a echar humo, en la época de la cosecha, y después íbamos a la sala de extracción. En la ropa y en la piel nos quedaba ese perfume característico de la miel recién extractada, ¡además del pegote! Era fascinante cómo el campo representaba un motor para nuestra curiosidad y aprendizaje.” Sus palabras hablan de tiempos color ámbar: la felicidad de aprender jugando, divirtiéndose, en familia. Sólo bastaba observar y probar hacer.

“Percibir la frescura, encontrarse con ese perfume de la miel, verla después en los tambores, fijar la vista en el color y el aroma de las muestras… todo ello resultó en una gran escuela”, asegura Emilio. El universo de la apicultura se había desplegado como un mapa, con el tesoro descubierto. 

A medida que fue creciendo, Emilio comenzó a reconocer la complejidad que habita en la calidad de la miel. Estudió Veterinaria y sumó metodología; fue entonces como todo lo aprendido de niño encontró el sentido. “Fui descubriendo los detalles, interpretando lo que mi mente había guardado y que, finalmente, resultaron ser las banderas de lo que hoy es calidad e inocuidad”. Replicar esos estándares y mantenerlos en el tiempo son las metas de Emilio, el niño de curiosidad incansable que descubrió como un juego el secreto de la miel. No es magia y él lo sabe.

Hoy Emilio es un reconocido veterinario experto en apicultura; sus trabajos de estudio e investigación lo han convertido, además, en un referente de la actividad. En Aleluya nos sentimos honrados de recibir cada año la miel que produce con su hermano Martín.

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